La variedad de sones que el viento hace brotar de las oquedades

«Cuando la Tierra jadea —dijo Ziqi—, es lo que llamamos viento. A veces el viento no se levanta, mas en cuanto lo hace, rugen las oquedades todas. ¿Es que no has oído el ulular de un poderoso viento? En las anfractuosidades de las boscosas montañas encuéntranse enormes árboles de cien palmos de circunferencia, cuyas oquedades semejan narices, bocas, orejas, huecos de vigas, cercados, morteros, zafareches o charcas. Penetra el viento por estas cavidades y produce diversidad de sonidos: ora estrépito de torrente, ora el silbar de una flecha, ora semeja un bostezo, o bien profunda aspiración; a veces suena a llamada, o a gemido, a voz del profundo valle, o a atormentado lamento. Canta delante del viento y detrás le acompañan. Con brisa, armonía menor; si vendaval, armonía mayor. Cuando el vendaval ha pasado, las cavidades todas quedan silenciosamente vacías. ¿Acaso no ves cómo se agitan las ramas y las hojas de los árboles?».

Dijo Ziyou:

—De modo que la música de la Tierra es el sonido del viento que sale de todas esas oquedades, y la música del hombre la que sale de las flautas. Permitidme preguntaros por la música del Cielo».

—La música del Cielo —dijo Ziqi— es toda la variedad de sones que el viento hace brotar de las innúmeras y diversas oquedades. Y esa incalculable variedad de sones débese al propio natural de cada una de las cavidades. Mas, ¿acaso hay alguien en el origen de todo esto?».

Zuang Zi: «Maestro Chuang Tsé», Kairós.

¿Para qué gobernar el mundo?

“Hemos oído decir que es menester dejar al mundo en paz y no intervenir en él, y no hemos oído decir que se lo deba gobernar. El dejarlo en paz es por miedo a que los hombres vicien su naturaleza. El no intervenir en él, por temor a que los hombres alteren su virtud. Y si ningún hombre vicia su naturaleza y todos preservan su virtud, ¿para qué gobernar el mundo?”.

Zhuang Zi: Maestro ChuangTsé