How I Met Your Mother

De las telecomedias americanas de los últimos años, no hay ninguna que haya visto tantas veces como How I Met Your Mother. Cuando menciono mi amor por esta serie, me suelo encontrar con dos tipos de respuestas opuestas: quienes la han seguido y saben de qué estoy hablando, y quienes no la han visto jamás (o han visto algún episodio suelto en castellano) y la tienen por una especie de subproducto a la estela de Friends. He de decir que, hasta hace tres o cuatro años, yo me encontraba en esa segunda categoría, craso error.

Personalmente, había visto uno o dos episodios sueltos de How I Met Your Mother —o mejor dicho Cómo conocí a vuestra madre, ya que los vi doblados— pillados de casualidad haciendo zapping en casa de mis padres. De entrada, era una telecomedia de tantas, sin mucha gracia ni demasiada enjundia. El caso es que tengo la costumbre de comer viendo series y no tengo televisión desde hace tiempo, así que en algún momento que no tenía gran cosa que ver se me ocurrió darle una oportunidad y empecé a verla desde el principio, en versión original.

Aunque los primeros episodios no son especialmente brillantes y el planteamiento inicial es el típico de cientos de telecomedias: chico conoce chica y hay algo que los ‘separa’, hay ya de entrada algo que la aleja del producto medio televisivo, y es una inversión de papeles. La mujer romántica soltera al borde de los 30 obsesionada por encontrar marido es él (Ted), mientras que el hombre desenfadado que se niega a comprometerse es ella (Robin). No obstante, esto de por sí no es especialmente interesante, ya que, a pesar de invertir los papeles genéricos, sigue jugando con la misma historia de siempre. Sin embargo, tras ver los cuatro episodios siguientes más por inercia que por verdadero interés, llegó Ok Awesome, el episodio que para mí marcó un antes y un después.

En Ok Awesome, Robin conoce de casualidad al dueño de Ok, el club de moda en Nueva York, y la pone en lista para entrar esa noche. Robin invita a sus amigos, los otros cuatro protagonistas de la serie: Ted, Barney, Lily y Marshall. Ted y Barney aceptan la invitación, pero Lily y Marshall tienen otros planes.

Aquí debo hacer un inciso para explicar que Lily y Marshall son una pareja más cerca de los 30 que de los 20 que acaba de decidir casarse, por lo que Lily está preocupada con el tema de pasar de la postadolescencia a la edad adulta. Al principio del episodio, Lily tiene una conversación con una compañera de trabajo de su edad que le explica el fantástico fin de semana que ha pasado con su marido en un hotelito romántico, mientras ella lo único que ha hecho es salir y beber hasta prácticamente caer redonda. Lily se siente avergonzada, cree que ya es hora de dejar de hacer ciertas cosas, por lo que convence a Marshall de dejar de salir, beber, etc. y optar por un estilo de vida más maduro.

Robin, Ted y Barney se van al club y Lily y Marshall se quedan en casa cenando con dos parejas de lo más aburrido que solo hablan de vinos, quesos, niños, hipotecas y Norah Jones. Por un lado, tenemos lo que ‘estás haciendo y se supone que no deberías hacer’: el techno, el ligoteo, el alcohol… y por otro ‘esto es lo que deberías ser/hacer’. En un momento dado, Marshall no soporta más la cena, la vida ‘adulta’, y se escapa al club sin que lo vea nadie saltando por la ventana del cuarto de baño.

Tras una serie de escenas que muestran de manera bastante sencilla y clara lo que es una noche en un club (tanto lo bueno como lo malo), Marshall termina tomando éxtasis (no se dice explícitamente, no olvidemos que esto es una telecomedia americana para todos los públicos). Mientras, Lily descubre que Marshall se ha escapado y se va furiosa a buscarlo a la discoteca. Cuando finalmente lo encuentra, Marshall está bailando como un loco en el medio de la pista, y aquí llega el punto de inflexión. En lugar de suceder lo de siempre, lo que todos prevemos en una serie de este tipo (bronca con tres chistes malos y moraleja de tres al cuarto), Lily y Marshall se miran, se sonríen y sin mediar palabra se dan el lote en medio de la pista de baile.

He ahí mi What the fuck? (me encanta esta expresión, y aquí la digo como sorpresa positiva) personal con How I Met Your Mother. Resulta que no solo hay un personaje que se droga sin ningún tipo de consecuencia negativa, algo ya de por sí bastante inaudito en una serie de televisión, sino que la conclusión, dicha incluso en un momento en boca de Robin con otras palabras, es que ser adulto no es ‘madurar’ para hacer lo que se espera de ti, es ser libre de hacer lo que te venga en gana.

Después de este episodio, me tragué las cuatro o cinco temporadas que había en aquel momento compulsivamente y descubrí todo lo que hace que How I Met Your Mother no sea un subproducto de Friends, sino algo que la supera con creces en todos los frentes, desde su estructura fragmentaria y sus juegos con la memoria (toda la serie es un flashback) hasta su falta de prejuicios y moralejas al enfrentarse a ciertos temas.

Evidentemente, es una serie para todos los públicos que no se puede permitir ser explícita, pero ser explícito no es ninguna garantía de que lo que estás haciendo sea mejor o peor, se me ocurren muchos ejemplos de series americanas con dosis de violencia y sexo bastante altas que transmiten ideas más propias de la edad de piedra que del siglo XXI.

La primera temporada de How I Met Your Mother está lejos del nivel de algunas de las siguientes. Por otro lado, es una serie irregular, hay episodios soberbios y otros que simplemente se dejan ver, pero no creo que haya ninguna serie que haya durado ocho temporadas que pueda presumir de ser perfecta, al fin y al cabo, nadie es guapo y listo los siete días de la semana… Quizás es una serie que en ciertos aspectos, aunque solo sea por su nivel de audiencia, entraría dentro del mainstream, pero en cualquier caso sería la serie mainstream donde el house mola más que Norah Jones, donde la mujer perfecta toca el bajo como Kim Gordon y donde Moby es un mero hipster calvo bajito de quien nadie se acordará dentro de 15 años.

Y otro día hablaremos de la lluvia, del tiempo, de la fragmentación, de la deconstrucción, de la percepción, de la memoria, de las slap bets, de Star Wars, de Indiana Jones, del sargento Murtaugh, de Robin Sparkles, de Sven… Y de los bocadillos, especialmente del de bistec marinado que resultó estar mezclado con alguna dr… digo, carne dura. Tic tic tic.

Is this what love feels like?

“Chemistry deals with the reactions between elementary forms of matter. Separate the elements, and you negate the reaction. (…) when some chemicals mix, they combust, and explode. (…) When some elements come together, they create a reaction that can’t be reversed. They transcend chemistry.”

Dexter, Chemistry (episode 7, season 7)

Cosas que veo

Un día de estos estaba pensando que no escribo jamás sobre lo que más hago, que es ver películas y series a cascoporro. No es algo que haga ahora, es algo que he hecho siempre. De pequeña, un año se me ocurrió ir apuntando todas las películas que veía, y a final de año la lista pasaba de 365. Ha habido épocas en las que si tenía dinero iba al cine todos los días, salía de una sesión y entraba en otra. Luego llegó Internet y ya os podéis imaginar…

Lo que me fascina no es la imagen en sí, lo tengo claro porque jamás me han interesado demasiado ni la fotografía ni el diseño gráfico, por nombrar otras dos disciplinas visuales. Tampoco es algo que tenga que ver con la imagen al servicio de la narración, nunca me han llamado mucho los cómics, por ejemplo, y me engancha tanto el cine narrativo convencional como el cine abstracto y experimental. También tengo claro que no está relacionado con el registro, la documentación de lo ‘real’ o ‘ficticio’, porque nunca me ha atraído el cine documental. En cualquier caso, está claro que hay algo ahí que me captura poderosamente.

Me enamoro de géneros, estéticas, actores, directores, personajes, épocas, temas… Este año empezó enamorándome de Sherlock, Steven Moffat, Irene Adler y Benedict Cumberbatch; luego me enamoré de Drive, de Ryan Gosling por tercera o cuarta vez, de Nicolas Winding Refn; de las persecuciones de coches; de Bronson y Tom Hardy; de Norman McLaren, como todos los años; de Robin Hood, Errol Flynn y las películas de piratas; de películas que he visto docenas de veces, como Dracula, My Own Private Idaho, Singin’ in the Rain, Thanatopsis, The Pillow Book o Forgetting Sarah Marshall; de Jason Segel; de How I Met Your Mother otro año más; de Komposition in blau; de las comedias americanas de instituto/universidad; de Hitchcock otra vez; de Ub Iwerks; de Indiana Jones otra vez; de Kick-Ass; de Don Ritter; de mis queridos Aki Kaurismäki, Guy Sherwin y Guy Maddin; de The Day of the Locust; de Chuck Jones; de The Driver; de Game of Thrones; de To Live and Die in L.A.; de Scott Fitzpatrick; de An American Werewolf in London; de Black Mirror; de Oona Chaplin; de Mila Kunis; de Tipping the Velvet; de las series de la de la BBC, Channel 4 y Sky; del vídeoclip de Oliver Brand para el tema de Senking V8; de…

Hoy me he enamorado de Hit & Miss, de su creador, de su guionista, de sus directoras, de su director de fotografía; de los campos de Manchester, de esos cuatro niños, de los asesinos a sueldo transexuales, de… y de… y sobre todo de Chloë Sevigny una vez más y de Jonas Armstrong por primera vez.

Hoy me prometo a mí misma ver con más tranquilidad y escribir más sobre lo que veo, o sobre lo que amo.