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Tras la pista de Nicolas Winding Refn y John Waters

Veo tantas películas y series que a veces llega un momento en el que ya no sé qué ver y acabo tirando de lo que ven otros, o más bien de lo que recomiendan ver o afirman adorar. Este año he empezado con dos listas: las diez películas preferidas de Nicolas Winding Refn de The Criterion Collection y las diez mejores películas de 2012 según John Waters (algunas son de 2011). De las que menciona Refn, he visto ya unas cuantas años ha, de las de Waters ninguna.

El combinado inicial fue nouvelle vague japonesa (Tokyo Drifter, 1966) versus melodrama descoyunturado (The Deep Blue Sea, 2011). Ganó Tokyo Drifter, por ser una deriva yakuza-western-vanguardia sesentera en la que el matón protagonista hasta se arranca a cantar bucolicamente en medio de las montañas nevadas. The Deep Blue Sea es algo mucho más sobrio, un melodrama clásico pasado por una ligera fragmentación postmoderna.

Más allá de mis preferencias personales, lo llamativo de cómo se abren ambas listas es que uno se puede imaginar perfectamente tanto a Winding Refn como a Waters adorando sus respectivas elecciones. Por un lado, tenemos la modernidad, los colores saturados, la música pop, la violencia y el existencialismo, incluso el nihilismo. Si Drive (2011) de Winding Refn es Albert Camus en Los Ángeles, Tokyo Drifter es Albert Camus en Japón.

Lo de Waters es, a falta de otra expresión mejor, harina de otro costal. No es que The Deep Blue Sea tenga mucho que ver con el cine de Waters, es que Waters tiene ese punto de gay de bigotillo, batín y pipa que envidia a las señoras sufridoras de los melodramas de los años 50. El propio Waters lo admite, diciendo que viendo The Deep Blue Sea “desearías querer suicidarte por culpa de alguien que no te quiere” (Numerocero), igual que el año pasado decía sobre Mildred Pierce (la serie de Todd Haynes, otro gay aficionado a los melodramas) que “desearías ser una mujer con problemas” (First Showing).

The Deep Blue Sea me parece digna, pero pertenece a un tipo de fantasía melodramática femenina [¿existe el melodrama masculino?] que por alguna extraña razón solo sale del universo gay masculino (Terence Davies, el director de The Deep Blue Sea, también es gay). Aunque no tengo nada en contra de este arquetipo cinematográfico, me resulta muy ajeno [y que conste que soy muy fan de Haynes, quien resucitó el melodrama digno, pero mi adoración viene de razones totalmente ajenas al melodrama].

La segunda ronda fueron La battaglia di Algeri (1966), por parte de Winding Refn, y Killer Joe (2011) por parte de Waters [no es la segunda de la lista, no las estoy viendo en ningún orden concreto]. En este caso, también me quedo con la elección de Winding Refn.

La battaglia di Algeri de Gillo Pontecorvo es una historia sobre colonialismo, terrorismo y, como diríamos hoy, activismo y guerrilla urbana. Al parecer, las tácticas que explica fueron copiadas por las Panteras negras, el IRA y el JKLF, y era la película preferida de Andreas Baader (Baader-Meinhof) (Wikipedia). A día de hoy, uno puede sacar de la película más de uno y dos paralelismos con la situación actual en Oriente Medio. Como era de esperar de Pontecorvo, los ‘buenos’ son el Frente de Liberación Nacional, no los franceses/occidentales.

Añado un apunte sobre el trasfondo político de la historia, por si estáis interesados en lo que explica. En una escena de la película, se menciona a Jean-Paul Sartre, lo que me hizo recordar la serie de documentales The Trap: What Happened to Our Dream of Freedom de Adam Curtis, donde se explica muy bien cómo surgieron este tipo de movimientos y qué pinta Sartre en el asunto.

La battaglia di Algeri, al contrario que Tokyo Drifter y el cine de Winding Refn, no es nada colorista (es en blanco y negro) ni pop (aunque haya música pop), pero la modernidad, la violencia y el existencialismo siguen presentes. También está muy presente el sonido/música, que, aunque es algo supuestamente importante en todas las películas, muchas veces no deja de ser un adorno tópico. Para Winding Refn, la música/sonido es fundamental, igual que lo es en Tokyo Drifter y en La battaglia di Algeri.

De Killer Joe de William Friedkin no sé muy bien qué pensar. Aquí sí hay elementos del cine de Waters: pueblerinos cutres, conductas sexuales extrañas, humor negro, etc. Aunque, según Waters, es más Russ Meyer (Numerocero), y en cierto sentido lo es. En cualquier caso, es una película bastante prescindible de la que solo salvaría algún momento en el que roza lo absurdo.

Curiosamente, Friedkin enlaza a Waters con Winding Refn, porque en este universo todo está conectado… No es que Winding Refn mencione a Friedkin en su lista, pero Drive bebe manifiestamente de To Live and Die in L.A. (1985), un thriller de Friedkin muy ochentero y mucho más interesante que Killer Joe [de hecho, diría que fue lo último realmente interesante que hizo Friedkin].

La siguiente sesión doble podría ser Dreyer/Haneke, aunque he visto Vampyr (1932) varias veces y Amour (2012)… Digamos que Haneke puede inspirarme tanto fascinación como ira o indiferencia.

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